Foro realizado en el marco del Bazar de la Confianza de la Cooperativa Confiar
Participantes
- Alejandra Quintero González – Asociación Regional de Mujeres del Oriente Antioqueño (AMOR)
- Juan Camilo Londoño Ramírez – Ganador del Premio a la Investigación Social Jorge Bernal, representante de ECOMUN
- Juan Diego Goez Rueda – Docente e investigador, Escuela de Nutrición y Dietética, Universidad de Antioquia
- Luz Stella Álvarez Castaño – Líder académica del Premio a la Investigación Social Jorge Bernal
- Moderador: Alejandro López Carmona – Director Fundación Confiar
El campo en Colombia para producir cómo
¿Es la agroecología una alternativa a la agroindustria?
Según la experiencia de la Asociación AMOR, Alejandra destaca que la agroecología se basa en la diversidad de cultivos en un mismo espacio, a diferencia del monocultivo agroindustrial que prioriza el rendimiento económico con grandes extensiones de un solo producto. Esta visión agroindustrial contrasta con la práctica tradicional de las mujeres rurales, quienes, sin nombrarla como tal, han practicado la agroecología en sus huertas de pan coger, cultivadas cerca de sus cocinas debido a la histórica falta de acceso a la tierra.
La agroecología no pone el capital en el centro, como sí lo hace la agroindustria, donde lo primordial es el rendimiento y la velocidad de producción. En cambio, en la agroecología, el centro es el alimento y su producción se planifica de manera local, pensando en la soberanía alimentaria y en función de las necesidades reales de las comunidades.
Este modelo implica una relación distinta con la tierra, los animales, las plantas y las personas: una relación basada en el cuidado de la vida y no en la explotación. Por eso, la agroecología no solo es una alternativa productiva, sino también un cambio de modelo profundo que requiere nuevas políticas públicas y un compromiso social amplio.
¿Es posible, por el camino de la agroecología, satisfacer las demandas alimentarias de la sociedad?
Sí, es posible, pero implica un cambio profundo en el sistema agroalimentario actual.
La Revolución Verde aumentó la producción de alimentos con monocultivos y agroquímicos, pero trajo consecuencias graves como la erosión del suelo, la pérdida de biodiversidad y la dependencia de agroquímicos. Aunque produce alimento, lo hace a un alto costo ambiental y social.
En contraste, la agroecología propone una producción sostenible, basada en la diversidad de cultivos, el respeto por la naturaleza y la soberanía alimentaria. Las experiencias demuestran que sí es posible obtener buenos rendimientos, pero se requiere acceso a la tierra, apoyo estatal y mercados justos.
Por tanto, la agroecología puede alimentar a la sociedad si se construyen condiciones justas que prioricen la vida y el territorio por encima del capital.
El cooperativismo en el campo
¿El modelo cooperativo es una alternativa para la sostenibilidad económica y el bienestar rural?
Según la experiencia compartida por Juan Camilo Londoño, de la Federación Nacional ECOMUN, el modelo cooperativo sí representa una alternativa real y viable para la sostenibilidad económica y el bienestar rural, especialmente en contextos de posconflicto.
ECOMUN es una cooperativa de segundo grado que agrupa a 144 cooperativas en 27 departamentos de Colombia. Estas surgieron en el marco del proceso de reincorporación de firmantes del Acuerdo de Paz entre las FARC y el Estado. El modelo cooperativo fue elegido como una forma de mantener el carácter colectivo de su organización social y económica.
Todas las actividades económicas de ECOMUN —unas 380 en total— son de propiedad colectiva, e incluyen ganadería regenerativa, piscicultura, apicultura, agricultura agroecológica y producción de café con enfoque limpio y sostenible. Aproximadamente el 90% de sus actividades están enfocadas en la producción de alimentos.
Se destacan dos logros principales:
- La construcción de un relacionamiento horizontal con las comunidades locales, basado en la solidaridad y el trabajo conjunto.
- El fortalecimiento de una producción alimentaria agroecológica, que permite alcanzar soberanía alimentaria con excedentes y alimentos de mayor calidad.
Este modelo demuestra que, gestionado colectivamente, el cooperativismo no solo es viable económicamente, sino que también fortalece el tejido social, promueve el desarrollo rural y protege la vida comunitaria y ambiental.
¿Qué balance económico hace ECOMUN a casi 10 años del Acuerdo de Paz?
Desde ECOMUN, el balance económico muestra avances importantes, aunque también reconocen que el camino ha estado lleno de retos estructurales, especialmente al enfrentarse al mercado en condiciones desiguales frente a los grandes actores agroindustriales.
A pesar de ello, destacan dos logros clave en este proceso de casi una década:
Elementos diferenciadores en el mercado:
Aunque son organizaciones colectivas, han entendido que deben competir en un entorno de mercado convencional. Por ello, han apostado por productos de mejor calidad, más saludables y que tienen un valor simbólico al estar vinculados con la construcción de paz. Esto los ha posicionado mejor frente a los consumidores.
Integración cooperativa como fortaleza económica:
Un ejemplo claro es la producción de café: unas 30 cooperativas lograron acopiar 300.000 kilos en un año, lo que les permitió negociar en mejores condiciones que si lo hicieran de manera aislada. Esta estrategia ha sido fundamental para mejorar la capacidad de comercialización y competir en el mercado.
Además, el apoyo del sector cooperativo nacional, como el de Confiar Cooperativa Financiera, ha sido decisivo para acceder a servicios financieros que refuercen su sostenibilidad.
En conclusión, aunque aún hay desafíos, especialmente en términos de inversión y condiciones de competencia, el modelo cooperativo ha demostrado ser una vía efectiva para fortalecer el trabajo colectivo, integrarse económicamente y avanzar hacia una economía rural más justa y solidaria.
El problema del hambre
¿Incrementar la productividad en el campo es la solución al hambre?
Según Juan Diego Goez Rueda, docente e investigador de la Escuela de Nutrición de la Universidad de Antioquia, producir más alimentos no garantiza una reducción del hambre. Esta afirmación es respaldada por autores como Martín Caparrós y organismos internacionales como la FAO, que advierten que, aunque en el mundo se produce el doble de los alimentos necesarios, el hambre sigue en aumento.
En Colombia, la situación es paradójica y alarmante. En regiones como Urabá y el Bajo Cauca antioqueño, grandes productoras y exportadoras de alimentos como frutas, carne y cereales, los niveles de inseguridad alimentaria superan el 80% y hasta el 90%. Es decir, en zonas donde más se produce, también más personas padecen hambre. Esto evidencia que la producción no está orientada a las necesidades de las comunidades locales, sino al mercado externo.
En contraste, otras subregiones como el suroeste y el oriente antioqueño presentan niveles mucho menores de inseguridad alimentaria. En estos territorios, la producción es más diversificada, las familias combinan cultivos tradicionales con la cría de animales menores y las mujeres tienen un papel central en la gestión de la alimentación. Este tipo de organización productiva fortalece la soberanía alimentaria y asegura una alimentación más estable para los hogares.
En áreas urbanas como Medellín, aunque hay una mayor disponibilidad de alimentos, esto se debe principalmente a la infraestructura comercial y programas sociales. Sin embargo, gran parte de estos alimentos son procesados o ultraprocesados, lo que lleva a cuestionar la calidad nutricional de la alimentación que se ofrece. Así, se visibiliza otra dimensión del problema: ¿qué tipo de alimentación estamos garantizando como sociedad?
La paradoja del hambre en territorios productivos
El caso del Urabá y el Bajo Cauca expone una paradoja crítica: alta producción y altos niveles de hambre. Esto demuestra que el problema no radica en la cantidad de producción, sino en las decisiones colectivas y estructurales que se toman como sociedad.
De acuerdo con el profesor Juan Diego, el problema se encuentra en factores como:
- La orientación productiva hacia el mercado y la exportación, que prioriza el rendimiento económico y no la alimentación local.
- La concentración de la tierra y la expansión de cultivos de gran escala como la palma o el aguacate hass, que desplazan sistemas tradicionales y reducen la diversidad alimentaria.
- La falta de políticas públicas que garanticen el acceso a alimentos adecuados en las zonas rurales.
- Una demanda urbana desconectada del territorio, que impone necesidades de consumo diversas y continuas, muchas veces a costa de desplazar cultivos fundamentales para la seguridad alimentaria local.
Como afirman activistas y académicos, «comer es un acto político». No se puede trasladar toda la responsabilidad de la alimentación a las comunidades rurales —las mismas que más padecen hambre—, mientras las ciudades y el Estado mantienen modelos de consumo y producción que profundizan la desigualdad.
En conclusión, El hambre no se resuelve simplemente aumentando la producción. Es necesario repensar colectivamente qué se produce, cómo se produce, para quién y en qué condiciones.
La agroecología y la soberanía alimentaria, con enfoque territorial, equidad en la tenencia de la tierra y un consumo responsable, emergen como alternativas reales para garantizar una alimentación digna, justa y sostenible para todos y todas.
Desarrollo rural integral, alimentación y responsabilidad del consumidor
Luz Stella, líder del Premio Jorge Bernal, destaca que el desarrollo rural en Colombia debe replantearse más allá de su papel histórico como escenario de conflicto, para centrarse en su función fundamental: alimentar tanto a la población rural como urbana. Este enfoque integral reconoce que el sector rural también alberga otros tipos de explotaciones, algunas conflictivas, y áreas que deben conservarse para proteger el equilibrio ambiental.
Un aspecto clave es la alimentación para la salud planetaria, un concepto global que ha cobrado fuerza desde 2020. Esta idea subraya que la alimentación no solo debe garantizar la supervivencia y bienestar humano, sino que también debe ser sostenible para el planeta. Luz Stella señala que, por ejemplo, el consumo diario masivo de carne de res o pescado no es viable para la salud del planeta ni para las futuras generaciones. De igual forma, la producción basada en agroquímicos intensivos de la Revolución Verde es insostenible ambientalmente.
La elección de qué comer, por tanto, es un acto político y ético. Se debe priorizar una alimentación real, entendida como el consumo de alimentos naturales o mínimamente procesados, tales como frutas y verduras frescas. En contraste, los alimentos ultraprocesados, con aditivos artificiales y poco valor nutricional, deben ser evitados.
Además, la alimentación territorial cobra relevancia: consumir productos locales tradicionales —como maíz, arroz, fríjoles y tubérculos— fortalece la cultura culinaria, protege el medio ambiente y apoya a las comunidades rurales.
Finalmente, Luz Stella enfatiza que cuidar el campo implica mejorar las condiciones de vida campesinas, proteger los ecosistemas rurales y promover la producción colectiva. Pero también recuerda que las decisiones más importantes sobre sostenibilidad y justicia alimentaria están en manos de cada consumidor, cada vez que elige qué llevar del mercado a la mesa.
Preguntas del público y respuestas
- ¿Cómo hacer frente a los intermediarios para que el campesino tenga mejores ingresos?
En el año 2000, se realizó un estudio sobre la distribución de alimentos que concluyó que es fundamental recuperar una figura como las plazas de mercado para abaratar precios y mejorar los ingresos campesinos. En Colombia, la desaparición de instituciones agrarias como el IDEMA —que compraba, almacenaba y regulaba precios para garantizar la seguridad alimentaria— generó un impacto negativo en el acceso a alimentos. Sin una figura pública, cercana a la población y libre de corrupción, es muy difícil que las personas más pobres accedan a alimentos de calidad. Actualmente, las plazas de mercado funcionan en muchos casos como mafias, dificultando este acceso. Por ello, se considera que la intervención estatal para crear plazas de mercado, gestionadas por los municipios, es fundamental para garantizar precios justos y una alimentación adecuada.
- ¿Cómo acercar el consumidor al productor?
La solución está en la integración cooperativa, no solo para producir, sino también para distribuir, comercializar e intercambiar productos de forma justa. En el sistema actual, cuando las personas compran como consumidores pagan precios altos, pero como productores reciben precios bajos. Para cambiar esta situación, las cooperativas fomentan que los asociados se compren directamente entre sí o a otras cooperativas, utilizando mercados virtuales, redes sociales o aplicaciones de mensajería para realizar pre-ventas que conectan directamente productor y consumidor.
- ¿Cómo comercializar el café?
ECOMUN no vende el café verde ni pergamino, porque estos productos terminan en manos de intermediarios que los exportan a precios bajos y luego se venden caros en Europa. En cambio, las cooperativas se encargan de procesar, empacar y vender café listo para el consumo, bajo marcas propias. El beneficio real está en agregar valor al producto final, y las cooperativas son la clave para lograr esta integración y comercialización directa.
- ¿Cómo cambiar el concepto hacia una alimentación real?
Se propuso dejar de consumir alimentos ultraprocesados y fomentar el consumo de alimentos naturales o mínimamente procesados. También se resaltó la importancia de valorar y apoyar los productos tradicionales del territorio, como las tortas elaboradas con ingredientes naturales —auyama, zanahoria, sidra, entre otros—, que hacen parte de la cultura alimentaria local.
Desde esta perspectiva, se señaló que la clase media tiene un papel clave en la transformación del sistema alimentario, ya que puede impulsar movilizaciones sociales para exigir una alimentación digna, saludable y sostenible. Se insistió en que el derecho a la alimentación no solo se refiere a la ausencia de hambre, sino también a garantizar una buena nutrición y evitar la mala alimentación.
Finalmente, se subrayó la necesidad de fortalecer el consumo local y real, promoviendo la compra directa entre miembros de la comunidad. Este enfoque contribuye a dinamizar las economías territoriales, reducir la dependencia de cadenas industriales de alimentos, y avanzar hacia un sistema alimentario más justo y consciente.